miércoles, 28 de agosto de 2013

Pepenos & Davilenos. Ep1

Anochecía, la pedigüeña ciega del templo de Atenea duerme, y es mejor para ella, si hubiera sentido la oscura figura que se adentraba en el templo pasando junto a ella su sangre se habría helado en sus venas pues no era otro que el señor de las Tierras Malditas, el lugar mas cercano a la morara de Hades que un mortal podía estar, Pepenos, aquel del que se dice que mato a su madre en el parto y a su padre acto después nombrándose señor de sus tierras el mismo día de su alumbramiento.

Al entrar en el recinto otra sombra oscura esperaba, desde hace casi dos horas que una figura encapuchada deambulaba por esos lares a la llegada de Pepenos

-¿Que quiere el hijo del mismo Ares para que me haga llamar en la morada de Atenea?- pregunto mientras se atusaba la tupida y negra barba

El empuchado mostró su rostro, rapado y con barba era un rostro reconocible, pocos no conocían la leyenda de que Ares bajo a la tierra y preño a una espartana con su semilla, viendo con el paso de los años como el fruto de aquella espartana ascendía entre las tropas griegas destacando por su crueldad y falta de piedad tanto en batalla como en su vida, convirtiéndose a un temprana edad en uno de los mayores comandantes griegos.

-A estas horas solo quedan desgraciados y pedigüeños cerca de este templo, nadie pensaría que yo he pasado por aquí sin dejar un reguero de sangre a mi paso.- respondió Davilenos.

-No creo que me hayas hecho viajar tantos a tantos días de mis tierras y reunirme contigo de forma furtiva solo para enseñarme este abandonado templo. no soy hombre de mucha paciencia comandante.

-Seré directo, se escuchan rumores de guerra, al parecer Paris de Troya ha secuestrado a Helena, y todos tendremos que ir a la guerra, incluyendo tu.

-Algo he escuchado, continua.

-Bueno, ha llegado el momento de saldar deudas pendientes con un amigo común

Una siniestra sonrisa se dibujo en la comisura de las frondosas y masculinas barbas de Pepeno, de las que hubieran congelado paramos en verano, siniestra como el abrazo de una gorgona, había llegado la hora.

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